20/7/2020

Dióxido de cloro y COVID-19: ¿existe evidencia científica?

15 de julio de 2020


Utilidad del dióxido de cloro para atender COVID-19 y su toxicidad para el ser humano: hay que distinguir entre charlatanes y científicos

Rodrigo Patiño, Cinvestav – Unidad Mérida

Correo-e: rodrigo.patino@cinvestav.mx


Recientemente, me enteré que hay un grupo de personas que, con base en evidencias de diversa índole, defienden el uso del dióxido de cloro (ClO2) como tratamiento para atender COVID-19. Este producto “milagro” es bastante popular en las redes socio-digitales, por lo que también se han generado ya varias advertencias desde los medios de comunicación para prevenir sobre su toxicidad inminente.

Entre las principales objeciones que presentan los defensores del dióxido de cloro están las teorías conspiratorias y las evidencias científicas que se manejan a su favor. Preocupado ante este hecho, me he propuesto elaborar este escrito, donde dejo mi experiencia como químico y como científico para explicar porqué hay que tener cuidado en cualquier forma de contacto humano con el dióxido de cloro. Pero, antes de continuar, quisiera aclarar dos cosas: (i) no soy médico ni especialista en áreas afines, pero mi formación me permite utilizar un método basado en la evidencia de fuentes primarias para investigar cuestiones como ésta que ahora me ocupa; y (ii) la ciencia maneja siempre un grado de incertidumbre y va cambiando justamente en la medida en que aparecen nuevas evidencias, por tanto, lo que hoy se diga acerca de algún tema, no indica que en el futuro no pueda ser rectificado.

1. La ficha técnica del dióxido de cloro. Cada sustancia química tiene una ficha técnica que muestra sus principales propiedades fisicoquímicas, pero también efectos a la salud o al medio ambiente. Estas fichas técnicas las elaboran paneles de especialistas y se reconocen como un estándar internacional, la del dióxido de cloro indica límites de exposición entre 0.1 y 0.3 partes por millón (entre 0.28 y 0.84 mg por cada 1000 litros).

2. La toxicidad del dióxido de cloro. En 2002, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó un estudio, también elaborado por un panel de especialistas, donde se indica la toxicidad hasta entonces conocida del dióxido de cloro. Aunque el reporte menciona que son necesarios más estudios, se establecen los mismos niveles de exposición mencionados en el punto anterior con base en estudios con animales. Es decir, dada la alta toxicidad de esta sustancia, no se ha intentado el estudio toxicológico directamente en seres humanos.

3. El dióxido de cloro como desinfectante. El dióxido de cloro de usa, en efecto, como desinfectante de superficies y objetos, dado su alto nivel de toxicidad contra bacterias, hongos y virus. Un reporte de 2020 incluye al dióxido de cloro como uno de los desinfectantes más utilizados en hospitales de China, aunque se advierte también sobre su efecto contaminante sobre el medio ambiente en residuos y aguas residuales.

4. Los charlatanes o pseudocientíficos que promocionan el dióxido de cloro. Andreas Kalcker es uno de los más insistentes actores en el mundo digital para recomendar el uso de dióxido de cloro como remedio para múltiples problemas de salud, incluyendo un protocolo para COVID-19 y patentes con dosis de 1 parte por millón. Sin embargo, hay que recalcar nuevamente que no hay evidencias públicas que den prueba de su seguridad y efectividad en el tratamiento con seres humanos. En un reciente video, por ejemplo, cita dos artículos científicos relacionados, pero éstos reportan sólo pruebas in vitro o con animales. 

5. La automedicación está contraindicada. El mismo Kalcker advierte: “nuestros resultados son sólo las evaluaciones de la investigación experimental. No constituyen ningún tipo de consejo o prescripción médica. Postulamos ninguna recomendación a cualquiera …. para cualquier condición específica o enfermedad.” Los medicamentos deben seguir un riguroso protocolo para poder ser suministrados a las personas y es necesaria la asistencia de especialistas para ello. Los métodos alternativos a la medicina alópata son bienvenidos siempre y cuando no presenten un riesgo adicional a la salud humana, pero tampoco es posible tener evidencias de su efectividad en un periodo tan breve.

6. SARS-CoV-2, un virus nuevo. La prescripción médica es, hasta ahora, la mejor manera de tratar COVID-19, pues recordemos que se relaciona con un nuevo virus que apenas se investiga desde hace pocos meses. Por tanto, no se tiene aún un tratamiento para pacientes infectados y las primeras vacunas preventivas no están listas aún. A nivel comercial, una vacuna debe pasar por una serie de protocolos que las retienen al menos cuatro años en su desarrollo. En un esfuerzo científico global, se espera tener las primeras propuestas para el tratamiento de COVID-19 a finales de 2020, aunque siempre hay una mayor incertidumbre en su seguridad y eficacia en tan corto tiempo.

7. Las medidas de prevención universales. Ante los riesgos de contraer COVID-19 y otras enfermedades, las medidas de prevención universales son las más recomendadas: una dieta saludable y un estado anímico adecuado, el aislamiento o la sana distancia, evitar espacios cerrados o contacto con posibles fuentes de contagio, lavarse las manos constantemente con agua y jabón o desinfectarlas con alcohol, usar cubrebocas de manera adecuada y, si es posible, una careta.

¿Cómo reconocer un pseudocientífico?

Lamentablemente, en las redes socio-digitales, encontramos una serie de publicaciones irresponsables que emiten consejos sin una evidencia sólida y que pueden poner en riesgo a sectores de la sociedad que no tienen la base para identificarles como charlatanería. Los siguientes puntos ayudan a detectarlos más fácilmente: (i) no están respaldados por un ámbito público y algunos de ellos buscan alguna forma de lucro; (ii) no presentan referencias o presentan algunas que no son sólidas; (iii) en ocasiones muestran productos “milagro” o se quejan de conspiraciones; (iv) sus resultados no son revisados por pares (otros expertos en el área).


Atrévete a Descubrir

La manera en la que la sociedad humana ha evadido catástrofes a lo largo de la historia de epidemias de salud pública, ha resaltado la responsabilidad cívica de la ciencia. Hoy más que antes, el mundo necesita que científicos traduzcan su experiencia en comunicación efectiva sobre temas globales que causan preocupación. 

El comunicar ciencia consiste en capturar la atención y el interés del público para crear una conversación. Esta relación se funda en la empatía -  la habilidad de entender y compartir el contexto y los sentimientos de los demás.

Es el traducir el conocimiento técnico a una voz que atraiga a gente de todo tipo de contextos en la modalidad que ellos prefieran.

De esta manera, buscamos “contagiar” una actitud proactiva.

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